Decía mi amado Nietzsche que las grandes palabras apestan.
Apestan porque los poderosos han erigido en torno a ellas símbolos para gobernar y dirigir a la plebe - y no quiso la casualidad que entre muchedumbre y podredumbre mediaran muchas letras, pues designan cosas ligadas. Todo lo que toca la muchedumbre se convierte en podredumbre, e incluso la muchedumbre se inmola a sí misma para alimentar la masilla infecta y pestilente de la que se nutre. Y ésta no es otra que la moral.
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Ahora, como estos días, me he dado cuenta realmente de que he perdido mi felicidad. Aquella felicidad de la que me vanagloriaba en la plenitud de mi apogeo.
Felicidad, como el resto de grandes palabras - también apesta.
Es ahora cuando veo que todo lo que se cuenta de la felicidad es mentira. Todo aquello que se me ha repetido hasta la saciedad de amor verdadero y su perdurabilidad más allá de los límites de lo pasajero y lo eterno, y que evoca con maldad al apestoso destino. Palabra grande donde las haya, que me acerca con insultante sinonimia el término máximo, ése que la muchedumbre ha llevado sobre y entre de sí por el correr de los siglos, y que en su correr han infectado de sí, hasta que la pestilencia dejó entrever el cadáver que en ella se descomponía - Dios.
He perdido una felicidad que no me pertenecía. Me han retirado este préstamo sumo con el que me lucraba de forma ilegítima. No puedo tomar una decisión que no me corresponde. Me siento plebe, pues la sensación de incompletitud me inunda. Estoy furioso de impotencia: la fuente de la que emanaba mi felicidad ha decidido que ya no me quiere/necesita a su lado.
Su felicidad ha rechazado, casi repudiado, la mía.
La vida, como siempre, decide unilateralmente. Sólo me queda tratar de tomarme la revancha.
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