Esta semana he estado en Padova (o Padua, en español). La chica que ha sido mi compañera de piso durante el último cuatrimestre ha estudiado allí y terminó el pasado martes la carrera, como es costumbre en Italia, con la defensa de la tesi delante de un tribunal formado por profesores de su facultad y posterior fiesta de laurea. Así que allí estaba yo para no perderme nada.
Da la casualidad de que se trata de la misma ciudad donde fui erasmus hace ya lo que ahora parece una eternidad pero que, haciendo las cuentas, resultan ser dos años.
Aquí hay fotos de la aventura.
La ciudad estaba como siempre: comí la mejor pizza del mundo en la pizzeria sin nombre de Via Belzoni y bebí spritz en Piazza delle Erbe el miércoles por la noche. Lo único que me falló fue la heladería de Via San Francesco, ahora transformada en un infructuoso negocio de chucherías.
Volví a Venecia, mi ciudad predilecta, por enésima vez y, como casi veterano en estas lides, me permití el lujo de ni siquiera pasar por San Marco.
Lo que se suele decir ahora es que nada había cambiado en la ciudad. Que lo único que es diferente de entonces soy yo. Eso pensaba. Porque resulta que me he dado cuenta de que no he cambiado tanto.
En la entrega anterior del blog decía que Florencia podría haber sido un lugar cualquiera en Italia, y es verdad. Pero esto es distinto. Ni Padova ni Venecia podrían haber sido diferentes de lo que son, porque entonces la magia no habría funcionado. A pesar de haber acabado hastiado de la primera los últimos meses del erasmus, resulta que mi cuerpo me pide más; y creo que a mi cuerpo quien se lo manda es mi mente. O sea que el asunto es grave.
La estancia allí ha sido en general aburrida, fastidiosa por momentos. Tengo que reconocer que ni siquiera tenía muchas ganas de ir, después del cansancio acumulado las dos semanas anteriores entre el viaje a Florencia y la feria de mi pueblo. Ya no queda casi nadie de los que hiceron posible un año casi perfecto; los han reemplazado otros estudiantes, ahora anónimos para mí, pero que siguen manteniendo el mismo espíritu de entonces.
La Piazza, ir en bici por las callejuelas porticadas, el spritz, la pizza carbonara en Via Belzoni, las bandadas de españoles migrando en bicicleta por la noche hacia el bar más barato, el italiano hablado con acento alemán, el olor a hojas caidas de mi antigua calle, la Specola, el Prato della Valle, la niebla fría de la noche volviendo a casa. Inundado por la incertidumbre de no saber lo que va a ser de mí a partir de ahora y después de un par de años encallado en el hastío, puedo decir que éstas son las cosas que echo de menos. Echo de menos vivir intensamente, porque cualquier otra forma de vivir no vale la pena.
Me hace falta sentir de nuevo que el aire que respiro insufla en mí aliento de vida.
domingo, 19 de octubre de 2008
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2 comentarios:
prozac miguel es mi mejor aliado en estos tiempos cuando pienso a padova entiendo tus emociones , saludos el otro migul"el colono"
Estás colgado colega. Eres el mejor colono que he conocido nunca ;)
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