Cinco días parece que no dan para mucho. Y es verdad, pero sirven para rememorar sabores de antaño. Esos sabores que la rutina diaria que emana de la responsabilidad te había hecho olvidar.
Los inumerables encantos de la ciudad quedaron en un segundo plano. Para mí, Florencia podría haber sido un lugar genérico en Italia. Uno cualquiera de los miles de sitios irrepetibles que se reparten a lo largo de la Bota.
Lo que me queda es un sabor -a pizza-, un olor -a piedra milenaria- y un sonido -el silencio de la iglesia más recóndita- que vienen de mi pasado para reencontrarse en un lugar de cuyo nombre no me hace falta acordarme.
Clara me ha regalado el último coletazo de un tiempo irrepetible. Me ha refrescado la memoria de aventuras que nunca debieron caer en el olvido que se gesta en las entrañas del aburrimiento y la monotonía.
Tendemos a mitificar las felicidades añejas. Será por eso que dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor.
El resto de fotos, aquí.
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