lunes, 25 de octubre de 2010

Mi primera tanda de cerveza casera

De vuelta a las andadas... A ver cuánto me dura la disposición a escribir. Parece mentira que me haya decidido a hacerlo precisamente hoy, que se me ha roto la silla que tengo en la habitación y tengo que posar el culo prácticamente en el aire. La explicación más plausible a por qué se ha roto una silla después de un mes de uso es que la calidad de los productos baratos en Argos es bastante precaria; la explicación más probable es que mi culo es demasiado gordo para que lo aguante ese tipo de sillas. Fuera como fuere, y a pesar de la falta de soporte lumbar, aquí estoy de vuelta. A lo que iba...

Quien me conoce sabe que mi interés por la cerveza no se limita a beberla, también el proceso de elaboración me parece de lo más intrigante. Siempre he querido entender cómo los simples granos de cebada pasan a convertirse en ese líquido disponible en una infinidad de tonalidades (del dorado al negro), aromas, dulzores y contenido alcohólico. Sobre todo teniendo en cuenta que para la fabricación de la mayor parte de cervezas se parte de tres ingredientes básicos (más el agua): cebada, lúpulo y levadura.

Después de un par de años de ser una nota mental, anclada en mi cerebro como con una chincheta imaginaria, hace dos o tres meses me atreví a dar el paso y encargué mi kit de principiante. Así consigo adentrarme gradualmente y de forma relativamente barata en la fabricación de cerveza casera. El proceso con un kit es bastante simple, ya que no es necesario maltear la cebada (el proceso de preparación previo a la fermentación). Los kits vienen con extracto de malta de cebada, que es algo así como un sirope (parecido en consistencia a la miel o el caramelo) con alto contenido en azúcar y el lúpulo ya incorporado.

Como digo, con el extracto ya listo no es complicado hacer la cerveza. Simplemente se añade el extracto a la cantidad de agua correspondiente a la cantidad de alcohol que se desea en el producto final, se añade azúcar, la levadura, y se deja fermentar durante unos diez días y luego se embotella. Lo más tedioso es el proceso de esterilización de todo el equipamiento que hay que hacer con cuidado para asegurarse que no habrá moho o bacterias que arruinen la cerveza durante la fermentación o una vez embotellada.

Esta es la pinta del producto final (ya embotellado):


Y cómo queda cuando se vierte en un vaso (vídeo):


El contenido del segundo vaso (la parte de abajo de la botella) se ve turbio porque mi cerveza está sin filtrar. El residuo que se aprecia es básicamente levadura y otros subproductos que no afectan demasiado al sabor.

En los próximos meses tengo pensado hacer todo el proceso yo mismo, incluido el malteado de la cebada, así que iré publicando entradas más detalladas sobre cómo preparar cerveza casera, esto ha sido sólo la carta de presentación.

2 comentarios:

Ramiro dijo...

Que tio mas aparato en la vida... ¿Y de sabor que tal? ¿competencia directa a la cerveza del cura con colitis? (También conocida como Franziskaner) ¿O competencia directa de la Carrefour tras una semana en el maletero de un Seat Córdoba en pleno verano? Ja ja ja.

Anónimo dijo...

grande miguel tendre que probarla!! igual tiene buena "¡pinta!" ;)

saludos el colono que anda por las colonias