martes, 28 de octubre de 2008

Nineteen eighty-four

My beloved Nietzsche once wrote I hate the reading idlers. I wouldn't go that far, just don't like to be a reading idler myself. I get bored reading useless print paper.

I like to feel that the effort of reading, which for me is actually an effort, is done for a greater good. I like to feel evolved after reading a book: wiser, more intelligent, critical, more complete as a thinking being. That's the reason why I read very few books a year and elect them extremely carefully.

This summer I chose a novel I retain among the best: Nineteen eighty-four by George Orwell. In it, based on the Sovietic experience, the author describes a hypothetical oppressive and authoritarian civilization in which even thinking is strictly bound to the Party doctrine. They achieve this goal, among other strategies, by progressively changing the language into what they call Newspeak, following the idea that what's not in the language cannot be thought:

How could you have a slogan like 'freedom is slavery' when the concept of freedom has been abolished. {...} There will be no thought, as we understand it now.

This is a terrifying view of what human kind can do to ourselves when we are let to. It's the detailed horrifying picture of a hierarchical society stratified in proles, Outer Party members, Inner Party members and the Big Brother on the top of it, where the class struggle is been vanished and replaced by the love for Big Brother.

Here are two captions, showing a sample of the book:



Absolutely brilliant, highly recommended.

And remember:
Big Brother is watching you.

viernes, 24 de octubre de 2008

La cerveza

Aquéllos que me conocen (en general, no tienen por qué conocerme bien) saben cuál es mi bebida preferida. Donde haya una buena cerveza que se quite todo lo demás.

La cerveza es como las mujeres, pero mucho mejor. Porque una cerveza nunca te traicionará. Para traicionarte, dependiendo del tamaño de tu hígado, hacen falta muchas cervezas, y la traición es siempre consentida.

Como las mujeres, las hay rubias, morenas, blancas, negras, mulatas. Hay botellines grandes y pequeños. Dulces y amargas. Hay una cerveza para cada ocasión, aunque siempre hay alguna que merece más la pena que las demás.

Escribo esto mientras disfruto de una Leffe Blonde, 6.6 % de alcohol. Leffe es el súmum del zumo de cebada. Todas son buenas. Hablar de Leffe implica usar para ello palabras mayores.


La mejor cerveza del mundo, la cerveza perfecta, es la Leffe Triple: 8.5 % de alcohol y un sabor inolvidable a malta. Pero ésa es una cerveza para ser disfrutada de una en una. Para un consumo un poco más irresponsable recomiendo la Blonde, de la que hablaba antes: suave equilibrio entre dulzor y amargor, la malta y el lúpulo se unen para formar un simbionte ávido de conquistar todos tus sentidos.

Llevo tiempo queriendo hacer una escapada a Bélgica para disfrutar de turismo cervecero. Sólo Gambrinus sabe cuántas compañías cerveceras debe de haber repartidas por Flandes. Corsendonk, Kwak, Duvel, Leffe, Delirium Tremens... La lista es interminable. De mi colección de botellines de cerveza, casi la mitad corresponde a cervezas belgas. Y sin duda son las mejores.


¡Dios salve al elefante rosa!


P.S.: los cabrones que daban el servicio de contaje de visitas decidieron cambiar de política sin avisar y me borraron la cuenta, así que he puesto otro contador de un proveedor distinto, empezando desde cero, cuando estaba a punto de llegar a las 1000 visitas...

domingo, 19 de octubre de 2008

Padova

Esta semana he estado en Padova (o Padua, en español). La chica que ha sido mi compañera de piso durante el último cuatrimestre ha estudiado allí y terminó el pasado martes la carrera, como es costumbre en Italia, con la defensa de la tesi delante de un tribunal formado por profesores de su facultad y posterior fiesta de laurea. Así que allí estaba yo para no perderme nada.

Da la casualidad de que se trata de la misma ciudad donde fui erasmus hace ya lo que ahora parece una eternidad pero que, haciendo las cuentas, resultan ser dos años.

Aquí hay fotos de la aventura.

La ciudad estaba como siempre: comí la mejor pizza del mundo en la pizzeria sin nombre de Via Belzoni y bebí spritz en Piazza delle Erbe el miércoles por la noche. Lo único que me falló fue la heladería de Via San Francesco, ahora transformada en un infructuoso negocio de chucherías.

Volví a Venecia, mi ciudad predilecta, por enésima vez y, como casi veterano en estas lides, me permití el lujo de ni siquiera pasar por San Marco.

Lo que se suele decir ahora es que nada había cambiado en la ciudad. Que lo único que es diferente de entonces soy yo. Eso pensaba. Porque resulta que me he dado cuenta de que no he cambiado tanto.

En la entrega anterior del blog decía que Florencia podría haber sido un lugar cualquiera en Italia, y es verdad. Pero esto es distinto. Ni Padova ni Venecia podrían haber sido diferentes de lo que son, porque entonces la magia no habría funcionado. A pesar de haber acabado hastiado de la primera los últimos meses del erasmus, resulta que mi cuerpo me pide más; y creo que a mi cuerpo quien se lo manda es mi mente. O sea que el asunto es grave.

La estancia allí ha sido en general aburrida, fastidiosa por momentos. Tengo que reconocer que ni siquiera tenía muchas ganas de ir, después del cansancio acumulado las dos semanas anteriores entre el viaje a Florencia y la feria de mi pueblo. Ya no queda casi nadie de los que hiceron posible un año casi perfecto; los han reemplazado otros estudiantes, ahora anónimos para mí, pero que siguen manteniendo el mismo espíritu de entonces.

La Piazza, ir en bici por las callejuelas porticadas, el spritz, la pizza carbonara en Via Belzoni, las bandadas de españoles migrando en bicicleta por la noche hacia el bar más barato, el italiano hablado con acento alemán, el olor a hojas caidas de mi antigua calle, la Specola, el Prato della Valle, la niebla fría de la noche volviendo a casa. Inundado por la incertidumbre de no saber lo que va a ser de mí a partir de ahora y después de un par de años encallado en el hastío, puedo decir que éstas son las cosas que echo de menos. Echo de menos vivir intensamente, porque cualquier otra forma de vivir no vale la pena.

Me hace falta sentir de nuevo que el aire que respiro insufla en mí aliento de vida.

jueves, 2 de octubre de 2008

Firenze

Mi visita a Florencia para ver a Clara ha sido como una reedición concentrada del Erasmus. La vida alocada y desordenada. El conocer gente a la velocidad de la luz. Comunicarse en otra lengua. Descubrir la ciudad.

Cinco días parece que no dan para mucho. Y es verdad, pero sirven para rememorar sabores de antaño. Esos sabores que la rutina diaria que emana de la responsabilidad te había hecho olvidar.

Los inumerables encantos de la ciudad quedaron en un segundo plano. Para mí, Florencia podría haber sido un lugar genérico en Italia. Uno cualquiera de los miles de sitios irrepetibles que se reparten a lo largo de la Bota.


Lo que me queda es un sabor -a pizza-, un olor -a piedra milenaria- y un sonido -el silencio de la iglesia más recóndita- que vienen de mi pasado para reencontrarse en un lugar de cuyo nombre no me hace falta acordarme.

Clara me ha regalado el último coletazo de un tiempo irrepetible. Me ha refrescado la memoria de aventuras que nunca debieron caer en el olvido que se gesta en las entrañas del aburrimiento y la monotonía.


Tendemos a mitificar las felicidades añejas. Será por eso que dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor.

El resto de fotos, aquí.